Adorni, Pichetto y Pagano

Para formular análisis, argumentaciones y propuestas consistentes, los personajes y acontecimientos políticos no deben considerarse aislados, para convertirse en el corto tiempo en meras anécdotas, sino dentro de un marco ordenador en el que los actores y hechos en consideración, sino convencen, puedan reemplazarse por otros, y eventualmente arribar a distintas conclusiones. Lo importante es reflexionar con un cerebro que Maquiavelo llamaba “bueno”, intermedio entre “excelente” e “inútil”, y evitar que, tras 42 años ininterrumpidos de democracia, las dirigencias sigan considerando a los ciudadanos más crédulos que inteligentes, a través de eslogans y discursos prefabricados vacíos de contenido basados en la hipocresía, que el diccionario define como “el fingimiento de cualidades, sentimientos o normas morales contrarias a las que se tienen y practican, con el fin de engañar, aparentar virtud o buscar aprobación”. Para ejemplificar este recurso se eligieron a los tres apellidos mencionados en el título.  

Adorni no es citado por las acusaciones de enriquecimiento que se encuentra en instancia judicial y a la fecha sin procesamiento, sino por haber comprometido como vocero presidencial en conferencia de prensa, con tono firme y mirando fijamente a los presentes, que en el gobierno se terminarían las prebendas y encubrimientos, en una sobreactuación innecesaria, pues evitarlo no depende de la buena fe de algunos, sino de normas y leyes que los políticos evitan implementar, o simulan ignorar (tema de próximas reflexiones). El hecho repite la hipocresía del ex presidente Alberto Fernández, cuando al inicio de la pandemia anunció por cadena nacional el aislamiento social estricto, y mirando fijamente a la cámara expresó: “Conmigo los vivos se terminaron”.

Pichetto, diputado nacional de 75 años, de personalidad atildada y alejado de escándalos mediáticos, ilustra a las hipocresías desde la óptica de una generación que ocupa cargos políticos durante décadas, y mantiene una estrategia que ha demostrado ser nefasta para el país, consistente en reiterar clásicos rejuntes electorales que acumulan otrora enemigos y permanentes oportunistas, bajo la óptica de “unirnos y perdonarnos en contra de (en este caso Milei), para alcanzar el poder”. En su patriada, Pichetto convoca entre otros, a Cristina Kirchner, no por ser penalmente inocente sino por contar según él con el 30% de los votos, a Massa, Moreno y Grabois, a los volubles Monzó y Massot, pide perdón al “Gringo” Castro del Movimiento Evita por mencionarlo como manipulador de pobres, y posterga sus críticas a la Iglesia Católica por avalar la doctrina del “pobrismo”. En su acopio olvida al ex presidente Alberto Fernández. Esta estrategia produce dos constataciones 1) bajo el principio de que un apoyo político equivale a un cargo, se crean estructuras burocráticas inútiles o sobredimensionadas, que se expanden luego en cargos menores y nepotismos. (tema para una próxima reflexión). 2) según muestran los antecedentes de los acuerdistas de ocasión, en los rejuntes las categorizaciones de derecha, centro e izquierda no entran en debate. 

Marcela Pagano, legisladora y periodista de 40 años, es ejemplo de que una renovación generacional, por sí misma no asegura cambios de usos y costumbres políticas, y menos aún estructurales, en especial en un país con fuertes nepotismos. Pagano ingresó a la banca por la Libertad Avanza, y se transformó en una feroz opositora al gobierno, a través de operaciones y denuncias contra los principales funcionarios que rodean a Milei, apelando a la hipocresía al decir que lo hace para proteger al presidente. Como suele suceder entre mafias, las denuncias invocan combatir a la corrupción, pero solo la del enemigo. Ello se demostró en la operación de repatriación del gendarme Nahuel Gallo que mediáticamente encabezara Pagano, que contó con el apoyo logístico de transporte aéreo nada menos que del presidente y “honesto administrador de la AFA”, Claudio Tapia. El caso replantea a futuro el desgastado debate respecto a quien pertenece las bancas cuando se accede por listas sábana, y se abandona la representación surgida del voto popular. 

En estos ejemplos no se habla de moral y ética, porque en estas condiciones sería pecar de hipócrita. Nuevamente habrá que recurrir a Maquiavelo para definir perfiles, con su definición de mercenarios: “son ambiciosos, desleales, no tienen disciplina, como no tienen temor de Dios ni buena fe con los hombres”. En el entrenamiento para detectar incongruencias y falacias en el discurso político, también deberá incluirse a los mercenarios electorales.

Buenos Aires, 22 de abril 2026