El peronismo y la Virgen

El 23 de agosto, tras formular por redes sociales desde su despacho en el Senado críticas al juicio oral por la causa Vialidad, la vicepresidenta Cristina Kirchner saludó a sus militantes desde el balcón del Congreso, pidiéndoles que cantaran la marcha peronista. Días más tarde, el 10 de septiembre se ofició una misa en la Basílica de Luján “contra el odio”, convocada por el gobierno. Lamentablemente las interpretaciones de ambos hechos se agotaron en adhesiones, críticas y justificaciones, omitiendo lo esencial: el recurso de convertir a las ideologías, creencias y principios, en simbologías que oculten intereses sectoriales o personales. En los casos mencionados, se apeló a la memoria política (cantar la marcha), y a los sentimientos religiosos (misa en Luján), como meros oportunismos encubridores en la lucha para conseguir impunidades judiciales. Bajo esta óptica, lo relevante entonces no es centrarse en cantar “la marcha” o que el arzobispo de Luján diga “metí la pata”, sino detectar contradicciones y omisiones cada vez más evidentes.   

La imagen de la vicepresidenta llamando a cantar la marcha sorprendió por haber ignorado a Perón a lo largo de su carrera, y criticado el mérito del Partido Justicialista, lo que hace sospechar que intentó una cobertura más amplia en apoyo de sus intereses judiciales. Pero además la invocación a Perón es peculiar en el mundo, porque a 48 años de su muerte, en lugar de homenajear su memoria y doctrina, se intenta hacerlo partícipe de los éxitos y fracasos de los sucesivos gobiernos que dicen representarlo, o en contextos de pobreza, subdesarrollo y corrupción, usar su nombre como pegamento unificador para alcanzar o conservar poder. Este oportunismo podría explicarse mediante el absurdo, imaginando que en el acto del próximo 17 de octubre, la vicepresidenta, Carlotto, Bonafini, Zannini, Boudou, Kiciloff, De Pedro, Larroque, Cabandié, Moreau, Ricardo Alfonsín, Vaca Narvaja, Massa, Donda, y muchos otros, canten enfervorizados, “mi General, cuanto valés”. La descripción más precisa de este anómalo oportunismo la dio hace años Julio Bárbaro, peronista histórico y auténtico, cuando dijo: “Desde la muerte de Perón, el peronismo se convirtió en un recuerdo que da votos”.

En cuanto a lo religioso, en Luján lo destacable no fue que se celebrara una misa partidaria, las críticas de feligreses o que el arzobispo haya dicho “metí la pata”, sino que se ratificó una recurrente actitud de las cúpulas eclesiásticas. Ya en octubre de 2018 y a pedido del sindicalista Moyano, el fallecido arzobispo Agustín Radrizani celebró en Luján una misa con asistencia de dirigentes en ese entonces en la oposición, bajo la loable invocación de “Paz, pan y trabajo”. Pero pese que en ambas circunstancias asistieron funcionarios y dirigentes procesados y enriquecidos a costa de recursos públicos, en sermones y homilías nunca se hace mención a la corrupción como una causal esencial de la pobreza, que circunstancialmente enrostran a alguna autoridad de gobierno. Es momento entonces, que más allá de discursos en defensa de los pobres, las autoridades eclesiásticas adopten una actitud penitente y comiencen a criticar la corrupción, recordando a quienes gobiernan o representan sectores corporativos el séptimo mandamiento, “No robarás”, y que Jesucristo echó a los mercaderes del templo. Queda claro entonces que ni Perón ni la Virgen son responsables de las gestiones de gobierno y sus consecuencias, ni pueden ser utilizados para ocultar mediocridades, privilegios y saqueos públicos.

Como toda reflexión debe partir de realidades y no de simbolismos o abstracciones, y considerar que los contextos se conforman con acciones y expresiones divergentes, cabe una mención al radicalismo, sustentado en una identidad partidaria histórica antes que en personalidades coyunturales, de la que resaltan dos frases tradicionales: “el radicalismo se rompe pero no se dobla”, formulada por su fundador Alem, y “los radicales somos la reserva moral del país”, jactancia pronunciada ante autoritarismos, persecuciones o corrupción. Sin embargo, desde hace décadas muchos de sus dirigentes se doblan con una asombrosa elasticidad sin romperse, y canjean pruritos morales por cargos y privilegios. Es este contexto anómico, en el que decir peronista, radical, neoliberal o populista poco significa, se desarrollará el devenir preelectoral hasta las próximas elecciones.

Buenos Aires,21 de septiembre 2022

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