Políticos unidos: ¿quiénes y para qué?
En el actual proceso electoral afloran vicios legislativos, dialécticos, propagandísticos y delictivos vigentes desde hace décadas, producto de la conmoción que en las líquidas y anquilosadas estructuras partidarias produjo la aparición de un novato político llamado Milei, cuyo mérito no es encabezar un partido, sus condiciones de líder o sus discursos convocantes, sino haber representado el hartazgo ciudadano. Situación que debiera promover análisis creativos y comprensibles tendientes a transforman prácticas y estructuras decadentes, cuyos beneficiarios políticos intentarán mantener con independencia del resultado electoral del 26 de octubre, que solo establecerá porcentajes de los didáctica y metafóricamente llamados menús de líneas aéreas: pasta (oficialismo no consolidado); pollo (oposición perokirchnerista y aliados persistente), y sopa (tercera opción con ingredientes variados sin sabores definidos). Del proceso electoral en el que se elegirán 127 diputados y 24 senadores, cabe reflexionar sobre tres aspectos: 1) actores del sistema político; 2) existencia explícita de mafias estatales-privadas; 3) estructuras estatales diseñadas para facilitar la corrupción.
En cuanto a los actores políticos, es oportuno mencionar lo que Maquiavelo refería respecto a la autoridad del príncipe: “los hombres juzgan más por los ojos que con las manos, porque todos ven lo que pareces ser, más pocos pueden tocar y saber lo que eres”. En nuestro país, plagados de nepotismos y extensas continuidades políticas, esta observación tiene una vigencia sorprendente, quizás porque aún funcione el engaño de conocidos políticos reagrupándose cada dos años en distintos espacios simulando ser novedosos. Lo señalado se traduce en una pobre campaña propagandística, que se agota en eslogans como “acabar con el kirchnerismo” (opción pasta); “acabar con Milei” (opción pollo), y “no somos ni lo uno ni lo otro” (opción sopa). Ante lo cual, los abstractos y virtuosos reclamos de lograr diálogos, consensos y acuerdos pertenecientes al idealismo aristotélico, debieran dar lugar al realismo de Maquiavelo y preguntarse: ¿consensos entre quienes y para qué?, dado que los mismos abundan desde hace décadas, pero para mantener privilegios, promover corrupciones, lograr impunidades y realizar armados electorales de coyuntura. Es así como legisladores que dicen apoyar el equilibrio fiscal votan leyes que lo destruyen. O quienes mantienen inamovibles regímenes de privilegio que los benefician, lagrimean por los pobres jubilados. O que una vez asumidos, quienes en campaña se presentan como pasta, pollo o sopa, no respetan al votante y arman bloques personalistas que nadie votó.
Estas hipocresías y continuidades ( y agreguemos financiamientos), configuran el caldo de cultivo que explica la instalación de mafias estatales-privadas que el politólogo italiano Gaetano Mosca definiera como “estructuras de poder paralelas que surgen por incapacidad o complicidad del Estado”, que cuando el botín son sus recursos, necesitan eslabones manejando sectores de los tres poderes republicanos. Llegados a este punto, el concepto corrupción excede a lo delictivo, y de acuerdo a su etimología, se vincula a la idea de descomposición, en este caso institucional. No sorprende entonces que abandonada toda simulación, funcionarios condenados o procesados por corrupción, que incluso tildan de corruptos a los jueces de la Corte, por sí o a través de adherentes, simulen indignarse por supuestas corrupciones de opositores, apelando a la estrategia de “todos somos corruptos”.
Combatir a las mafias políticas-privadas vigentes implica no entrar en el juego de “creo o no creo” (la duda es un importante insumo de las mafias), sino asumir que su instalación y sostenimiento es producto de la ineficaz estructura del Estado en lo ejecutivo, legislativo y judicial, que en épocas electorales se manifiesta más claramente porque los efectos de las denuncias requieren inmediatez. Pasado lo electoral, el sistema retoma la ralentización, porque los fines no son éticos-morales, sino de poder político y que nada cambie. Valen dos ejemplos recientes. En el triple crimen de Florencio Varela, el gobierno provincial comunicó que el supuesto responsable peruano residía en la ciudad de Buenos Aires, y pertenecía a un grupo narco trasnacional, sin explicar porque entonces es imposible tener una política nacional contra mafias criminales y narcotráfico, interrelacionada, unívoca y profesional. En cuanto al ex candidato oficialista Espert, su candidatura a presidente en la elección del año 2019 por el partido Unite, y receptor de fondos de un narcotraficante a inicios del 2020, plantea anomalías administrativas de base, tales como que recién cuatro años más tarde la justicia electoral sancionara a Unite por no haber justificado los fondos de campaña, y que ningún organismo controle el real cumplimiento de los requisitos que se necesitan para ser considerado partido político activo, suplido por mini emprendimientos que se ofrecen para sostener candidaturas oportunistas. En cuanto a hipocresías de imagen y discursivas, el Espert arrogante y avasallante para polemizar, mutó en tímido y contradictorio para explicar su situación. Maquiavelo no se equivocó en su diagnóstico.
Buenos Aires, 08 de octubre 2025